24/09/05

Mi abuela lavandera

 

Del fondo de mi lejana infancia me invade gratamente el limpio olor a jabón que emergía del Lavadero Municipal, situado en la Ensenada. Lo aspiro gozosamente y percibo que se derrama por todo el barrio, sube la cuesta de calle Brasil, baja al río y se dilata entre los eucaliptus del parque Liebig. Cruzando el traqueteado puente sonoro sobre el arroyo Laureles, ya se hace sentir.

La abuela Celestina vivía muy cerquita y para la niña que yo era se convertía en fiesta de sensaciones bajar a su lado al Lavadero, a la sombra del gran atado blanco que se bamboleaba en su cabeza. Antes de entrar, ya oíamos el rítmico golpeteo de las prendas contra las tablas acanaladas de madera, en los piletones, entreverado con trozos de conversaciones y risas entrecortadas.

Adentro era el triunfo del agua, que corría sin frenos entre nuestros pies. Afuera, en los tendederos triangulares, era el triunfo del sol, que redimía aquella ropa blanquísima exhibiéndola con orgullo en fragantes banderas, estandartes inmaculados de la pulcritud.